Título2
Y mirando esos labios que no dicen nada, ensimismado con la ansiedad de sentir; estaba ese personaje que yo había inventado, con el que me daba la oportunidad de fingir. Vivía ella en una absurda realidad acompañada del furor de sus cabellos que bailaban al son del viento, sentada, frente al umbral de su vida le costaba dar aquel paso, aquel salto que seria una definitiva. La vida no le había jugado chueco, la vida siempre había sido vida, dotandole de sinsabores, de alegrías, le permitió sobrevir una noche más en vela, un minuo más en agonia, tras esa sonrisa y esa irreverencia que nadie conocia. Y Elena seguía ahí, frente al más duro de sus espejos, uno de esos espejos donde nos da miedo saber que lo que se ve es nuestro reflejo, viendose a través de los ojos de su alma, siempre con el estigma que le puediera inspirar la sociedad. No habían pasado ni quince minutos, cuando Soledad tocó a la puerta, con esa sonrisa descarada que tanto la identificaba, y la mirada sarcastíca que siempre le acompaño. ¿Me extrañas Elena, Me temes? Te has acostumbrado tanto a mi, que ya sea por amor, por dolor, o por temor, nos acompañamos a todas partes. Esta noche no vino aquella que te cobija, y yo querida amiga; yo si te conozco, a mi tu irreverencia, tu descaro, la forma tan altanera en que te conduces y tu fallido carisma; a mi, ¡A mi no me apantallan! ¡A mi, Tú no me engañas!
No te temo a ti, y no es a ti a quien necesito, Soledad, hace mucho que dejaste de darme miedo y te convertiste en un triste guiñapo de la que fuera mi realidad. Yo hoy vivo otro estado, otra ciencia, y otro mar, A mí Soledad, a mi tus caretas no me engañan, tu antifaz no me apantalla, aprendí a vivir contigo, y a quererte por tal, a sentirte más allá de una amiga, te veo ahora como inherente a mi personalidad.



